miércoles, 2 de mayo de 2007

Fragmentos de Beijing a Hong Kong

CRÓNICA

En el centro del universo chino

Después de cruzar la mitad del globo terráqueo, de algunos contratiempos y de sufrir los efectos del jet lag, llegamos a Beijing, el corazón de la Tierra de en Medio. Los pasajeros de nuestro vuelo se abalanzaron para salir de la aeronave y Héctor y yo fuimos a dar junto con ellos a la aduana. Me emocionó ver tantos rostros orientales y escuchar aquí y allá algunas conversaciones en chino. Me pregunté cuánto movimiento aéreo tendría ese aeropuerto capital con los 1,400 millones de habitantes que subsisten dentro de las fronteras de ese gran país, sobretodo en estos tiempos que las condiciones de libre tránsito están en franco movimiento. Una vez que mostramos nuestros permisos para ingresar nos encontramos con una persona que nos llevaría al hotel. Nos sentamos en la parte trasera de una antigua camioneta de pasajeros, probablemente un modelo de los años setenta, y comenzó la travesía. De ese trayecto tengo algunos huecos. Recuerdo haber pasado una zona arbolada y neblinosa mientras escuchábamos la conversación del chofer y su acompañante. La excitación se iba multiplicando y sumando a la fatiga cuando entramos a la ciudad. Se me venían los recuerdos de mi preparación para el viaje, del señor inmensamente gordo que se sentó a mi lado izquierdo las 17 horas del trasatlántico, del aterrizaje de emergencia que hicimos en Vancouver por una maleta sin dueño, y de la cara de los chinos que hacían fila para en enseñar sus papeles en el aeropuerto.
Una vez ya instalados, y con las pocas horas de sueño que habíamos conciliado en las últimas 24 horas, fuimos a cenar al restaurante del hotel. El edificio era relativamente nuevo de un estilo clásico europeo. Como no había muchos clientes, nos atendieron cuatro personas. Sólo una de ellas hablaba un poco de inglés. Fue toda una experiencia abrir aquel menú en chino e imaginar lo que decía. Creo que desde ese momento me dediqué a guardar cuanto papel ostentara algún carácter. Nos volteamos a ver con un aire de complicidad y nerviosismo mientras nos observaban los meseros. Me imaginé que nos encogíamos como una tela de algodón. Me vino a la mente un comercial que había sido muy popular en Monterrey en dónde anunciaban una escuela de idiomas: ¡Caray!, ¡qué problema no hablar inglés! decía la frase. Me sentí apenada. Pedimos sin estar muy seguros de lo que comeríamos.

Al día siguiente nos unimos a un pequeño grupo de habla hispana. Una chica nativa cuyo nombre se traduce como Nieves nos serviría de intérprete y apoyo a lo largo de nuestro viaje. Salimos a las nueve en punto después de un nutrido desayuno. Avanzamos por las grandes avenidas de Beijing, capital de China desde el siglo XIII. Una mirada hacia la derecha: decenas de edificios en construcción, una mirada a la izquierda: decenas de edificios en construcción, la ciudad en crecimiento a un ritmo elevadísimo a pesar de la política de un solo hijo que se ha aplicado desde 1979. Pensé en los grupos de edificios como una ciudad dentro de la ciudad, cada edifico con su personalidad, su expresión, su caída, su lenguaje, los viejos viendo a los nuevos con un aire de experiencia y de envidia, los nuevos presumiendo sus rectas y curvas.
Después de media hora de trayecto llegamos a nuestro destino. Bajamos del transporte y anduvimos sobre un mar de asfalto atiborrado de gente, La Plaza de Tiananmen. La plaza pública más grande del mundo, un espacio que ha visto grandes desfiles, manifestaciones y batallas. Una de las más recientes y escandalizadoras fue en 1989 cuando el gobierno comunista acalló violentamente el movimiento pro-democrático y en donde muchas personas resultaron muertas. La plaza, que antes era un corredor y antesala del palacio, representa simbólicamente el centro del universo chino. En medio del rectángulo que es la plaza vimos el asta bandera, en su punta el lienzo rojo y atrás, la muralla roja, el retrato de Mao Tse-Tung y los faldones del techo primero de la Ciudad Prohibida. Nos quedamos quietos viendo el panorama que bien podría ser una postal, no importó la gente ni el ruido. Había deseado tanto estar ahí que abrí muy bien mis chacras para que no se me escapara nada. Entonces se llenó el espacio que tenía reservado para esa imagen. Después de un rato me fue posible girar para ver qué otros edificios se perfilaban a las orillas de la plaza que se extiende en un eje de norte a sur. Hay varios edificios públicos pero llamó mi atención uno en especial en donde se encontraba una larga fila. Una estructura de altura considerable, vestida con más de cincuenta columnas blancas de mármol y con una influencia soviética en su diseño. Era el mausoleo de Mao Tse-Tung. Así como los Musulmanes a la Meca, los chinos a Mao. En algún momento de su vida la gente viaja de cualquier rincón del país a visitar y rendir sus respetos al cuerpo expuesto del dictador. Resultaba tentadora la idea de entrar a dicho lugar. Me intriga cómo después de más de treinta años de su muerte la imagen de este personaje, con sus ideas políticas y sociales, se mantenga fresca en las mentes de sus habitantes. Un detalle que también me sorprendió es que Mao, a pesar de sus políticas represivas en materia cultural, tiene una obra poética de cierto valor. Algunos críticos como Chou Ping y Tony Barnstone lo consideran como uno de los mejores de su generación.

Aquí una estrofa de su trabajo traducida al inglés por Barnstone y Ko Ching-po:

Koulun Mountain

Over the earth
the green-blue monster Kunlum who has seen
all spring color and passion of men.
Three million dragons of white jade
soar
and freeze the whole sky with snow.

(NOTA: espera la continuación de la crónica)

3 comentarios:

Ismael Lares dijo...

dichosa tú
que puedes viajar
amiga
yo me conformaré
con leer tus crónicas
y poemas
desde la tierra del alozz...
suerte!

soy13 dijo...

Recomiendo

http://soy13.blogspot.com

Saludos

soy13 dijo...

Gabriela:

¡hay piezas nuevas en SOY13!
Será una grata sorpresa tener comentarios tuyos.
Por favor pasa la voz :)

Saludos