martes, 15 de abril de 2008

Hilos de agua y senderos de luces

Presentación de El Filo de la playa, de Gabriela Cantú Westendarp

Víctor Barrera Enderle

Entre el primer verso y el último, un mundo de espacios limítrofes, a un tiempo oscuros y luminosos. Entre el primer y el último verso, la comunión de cuerpos y palabras. Genealogía y devenir del deseo: argumentación de su propia realidad. El filo de la playa, poemario consagratorio de la obra de Gabriela Cantú, se despliega como exploración y redescubrimiento. Poema de vasto aliento dividido en tres tiempos que anuncia y adivina, o, mejor dicho, recrea lo que viene o está por venir y lo convierte en algo más, en la sustancia de una posible verdad oculta. Tiene, como toda obra poética de largo alcance, un poco de épica, de aventura y transformación. Cada palabra, cada sílaba van tejiendo un recorrido sinuoso que separa el mundo de las certezas de la zona oscura y húmeda de lo no conocido. Sin embargo, este recorrido no sólo divide: muestra, ilumina, las zonas intermedias, resquicios donde los elementos opuestos se unen y se multiplican. Es tal vez allí donde las palabras adquieren su significado más íntimo, más cercano a la impenetrable razón de lo no dicho.
La lectura de El filo de la playa nos confronta, de manera inmediata y extraordinaria, con el quehacer poético. Es un proceso de aventura y conversión. Llegamos al libro como si hubiésemos descubierto un caracol marino a orillas de la playa. Nos acercamos a él y aproximamos nuestro oído. Escuchamos. Escucho. Esa voz poética me seduce al hablar con la honestidad del arte y su vasto territorio de signos. Devota de sí misma y de sus necesidades expresivas, ella crea, traza, dota de sentido a las oquedades que se intercalan entre la vida de todos los días y la suave y sensible vida de los instantes en que la realidad se convierte en pulsión. El deseo se manifiesta aquí como presencia constante, o mejor dicho, como posibilidad latente. Y no hablo aquí de la búsqueda de su concreción, o no solamente. El deseo satisfecho ya no es deseo. Hablo del deseo como estímulo para la escritura y a la vez como esencia de la misma escritura. El filo de la playa está tejido con hilos de agua, con finos ríos subterráneos de palabras que lo nutren y lo convierten en un camino lumínico. De allí su fuerza y su alcance. Buscar, desear, perseguir: verbos que implican movimiento pero también sabiduría. El primer tiempo del poema es a la vez búsqueda y reflexión:
“Cómo no pensarlo
después de tanto años
vistiendo las bragas rojas
las ojeras, los corchos en el cenicero
después de sangrar las sábanas
de estrellar el auto
de los higos y la advertencia.”

Pensar el deseo, o mejor: expresar su pensamiento, esa argumentación particular de sonidos y músculos. La reflexión anuncia el advenimiento, la llegada. La escenografía cambia, las luces iluminan de modo diferente: surgen sombras imprevistas, perfiles nuevos; el agua evoca la transformación, la invasión de otra realidad. La intimida se revela como descubrimiento o redescubrimiento. Estamos, y hablo en plural porque el poema nos atrapa desde el primer verso y nos convierte en cómplices, estamos, decía, a punto de convertirnos en lo otro, pero aún rondan las certezas de la realidad, la razonada imposibilidad de no ser más que uno mismo:
“¿Cómo saber?
Si cuando asomo
no reconozco nada.
Si al volverme
no puedo desdoblarme
ni salir
a ninguna parte:
no soy paloma
no distingo la punta más allá.”

En el cuerpo, soporte y fuente de la escritura, anidan las pulsiones, las conversiones de las palabras en sentidos. Es el espacio del encuentro, pero también de la incertidumbre, del miedo. Misticismo a la inversa. No es el espíritu quien prueba la existencia del cuerpo; es el cuerpo el que insufla al espíritu. “Y nadie diría que estoy en el fuego / y no me quemo / pues arden mis costillas, y mi pecho”. El tempo primero no sólo anuncia, crea, da vida a una pulsión que regirá todo el poema. En ese sentido, no es el anticipo de la parte climática o del éxtasis sino ya una manifestación plena del deseo: éste existe en cuanto se manifiesta, su presencia es básicamente la ausencia, es decir, su fuerza radica en su índole irrealizable. Esa condición acerca al deseo a la lucha de la poeta con la palabra: búsqueda eterna de expresión.
El segundo tempo es el encuentro, el cruce entre las palabras y los cuerpos. Un instante antes había principiado el “sino de la noche”; ahora el silencio se abre para dar paso a la voz de los sentidos. “para que salga de tu boca y entre en la mía /” dice la poeta, “hay que quedarse a oscuras de tanta luz”. La experiencia es ya desdoblamiento, entrega, transmutación. “Eres tú la noche/ el fuego en mi vientre / el filo en la punta de mi lengua / el golpe en mis costillas”. Compenetración de opuestos. La fundición y el éxtasis son una forma de dislocación, de suspensión de la realidad y el entorno, pero también representan un modo de conocimiento, y, en la escritura poética, una forma de expresión que insufla a las palabras de vida y de muerte. Entrar en mar abierto, ser parte, por un instante, de la inmensidad, de ese universo donde no hay límites ni segundos. Todo ocurre al mismo tiempo en todas partes. Subvertir la inercia de lo cotidiano, volver al inicio, al significado primario. El retorno es, en la poesía, una forma sublime de avance: un ir en pos de la palabra, la palabra exacta que lo diga todo y aun guarde espacio para el silencio.

“Que el suspiro se detenga
entre la noche y el sueño

Es tiempo de cortar las horas
De volvernos al rugido
Y atender los efectos de la pócima

Y en mar abierto dejar que se hunda la batalla
Que desaparezcan los cadáveres
Junto a la ventana.”

Me detengo un instante en la última estrofa: es la concreción, la anulación del tiempo y el espacio. Enunciarla implica condenarse a perderla, o a convertirla en otra cosa. La desaparición de los cuerpos y la permanencia de las palabras que los evocan. Tal sustitución es el anuncio del cambio. Lo que vendrá ahora, en la última parte del poema, es la evocación y la recreación. Si antes habíamos hablado de fundición, de la unión de palabras y cuerpos, ahora será el tiempo de la evocación. La ausencia del deseo prolongará su existencia. En cierta manera, se trata del regreso, pero del retorno después de la transformación. El epígrafe de José Carlos Becerra (“Memoria, brusco pez en el alma”) es certero y se entreteje con el resto del poema.

“Para el rojo de los ojos
también para las ojeras
y el hematoma en el muslo.
Para el golpe en el empeine, el omóplato
y la muñeca.
Para la mancha de herpes
la punzada de costilla a
Costilla
el martillo:
el recuerdo.”

El pez se mueve, revuelve el alma, la hace sentirse a un tiempo plena y vacía. El peso de lo cotidiano comienza a crecer y las estrategias de resistencia se reducen al surtido de placebos y la ejecución de rutinas saludables. Pero la voz poética rechaza la renuncia. El último verso, “yo me quedo” resume la empresa toda. El poema cierra el círculo y atrapa al amor, al deseo. Los convierte en su sustancia. Los tres tiempos se vuelve un solo suspiro, la respiración del ritmo interior que nos asemeja con el latir del mundo y sus criaturas.
El filo de la playa, como todo gran poema de largo aliento, es un universo autónomo, proveedor de sus propios signos; y, a la vez, es una lectura de la tradición que lo precede y lo sustenta. Reinvento de la palabra y de la función de la poesía. Es, pues, poesía y lectura sobre la poesía. Poiesis y poética en solo trazo. Y hoy se presenta aquí como si fuese una obra de larga data, como si hubiera estado aquí antes, tal vez porque su lectura nos ha revelado las corrientes secretas que nutren al acto poético: esa necesidad de luchar perpetuamente con, contra y por las palabras. Y nosotros saludamos su llegada como una bocana salvadora, como un manantial de agua cristalina en un desierto donde la palabra suena cada vez más lejana. ¡Enhorabuena, Gabriela! Muchas gracias.



Agradezco a mi querido amigo, Víctor Barrera, por su bello texto leído el viernes 11 de abril de 2008 en la presentación de mi libro.

1 comentario:

Nervinson Machado dijo...

Me sumo al comentario, tu libro es una obra solida, donde ningún eslabón de ahí es una pieza endeble.